Un Jefe, por favor. Año Paz 4.

Debo expresar las prisas que me han dado, de pronto por terminar con este episodio de mi vida por salud estomacal. Me he propuesto terminar la historieta antes de empezar el nuevo curso y, con la sensación, de estar algo más limpio. Por lo que voy a abreviar.

En la primera entrevista privada con el Jefe del Servicio de Ordenación Educativa, mi Jefe, puesto que el Gabinete de Cultura de Paz estaba adscrito a este servicio, ya comencé el proceso de alucine monumental que tuve con este cargo. “Tu victoria es mi victoria” y otros eslóganes aprendidos me parecieron vacuos, pero la cosa se puso intensa cuando yo mostré mis dudas de éxito con una empresa como la de llevar la Cultura de la Paz a los centros educativos solo. Me respondió ufano: “Tú tranquilo. Logras tres proyectos y nosotros los publicitamos en Sevilla”. Literalmente. No se me olvidaría en 7 vidas.

El primer año me quedé muy cerca de los 100 proyectos. A pesar de que, como contaré luego, los Gabinetes constaban de dos miembros, pero la segunda “liberación” de docencia del Gabinete fue a parar, pervertidamente, a otra persona ya dedicada a labores de asistencia a la Delegación, podríamos decir.

Muy pronto se encargó de hacerme saber la siguiente historia: “¡Mira! Cuando al actual Delegado lo eligieron en Sevilla, el voto de la UGT fue fundamental para que lo eligieran, y el Delegado lo agradeció ofreciendo a UGT la Jefatura del Servicio de Ordenación”. Y con esto dio por sentado que estaba todo explicado. Evidentemente no para mí, al que cada vez que me sucedía un episodio de éstos, se me producía un proceso descerebrante enervante que me dejaba agotado.

Recuerdo, al hilo de esta “anécdota”, que un par de años antes, cuando estaba trabajando en la elaboración de materiales para la formación del profesorado en Interculturalidad y Español como Segunda Lengua, en coordinación con el Director Gral. Sebastián Sánchez Fernández, me acerqué al CEP de mi ciudad para ofrecerme como ponente si iban  a trabajar esta área. Quizás no empecé bien, diciendo que conocía que ese estaban programando cosas, y que disentía profundamente de algunas de las cosas que se proponían, y me contestó el entonces director del CEP: “Nosotros ganamos unas elecciones democráticas, y tenemos derecho a … …”. Sí, fue un momento de pellízcame que esto no está pasando. No le contesté que me importaba un rábano quién había ganado las últimas elecciones generales a la hora de programar unos cursos de formación de profesorado por una necesidad social, pero se lo di a entender. Bueno, como se ve, distintos enfoques para defender la incompetencia.

Le presenté documentos, ideas, propuestas, planes de actuación, medidas concretas, propuestas de coordinación de servicios internos y con los servicios sociales, si me retrasaba unos minutos en llegar a la Delegación (me quedé sin coche y tenía la moto, cuando llovía no lo pasaba bien), y finalmente, el hombre, compadecido y desconcertado me coge en un pasillo, y en un rapto de máxima sinceridad me dice: “Pero hombre, Fernando, ¿todavía no te has dado cuenta de que aquí no hay jefes?”. Lo que, en román paladino, significa: “Ni me atribuyas ni me pidas responsabilidades que aquí va cada uno a los suyo”

A veces se enbobaba un rato, y yo miraba a una colega que me trató con complicidad, la que llevaba el área de alumnado, y me lo aclaró por bajini. “Ha oído alguna frase que le ha gustado y está memorizando para repetirla delante de los jefes”. Un auténtico mindón. Un genuino y vulgar trepa. Ni una idea en todo un puñetero año, claro. Ni un solo esfuerzo en coordinar los servicios bajo su ¿jefatura?  Orientación, Necesidades educativas especiales y Atención a la Diversidad, Formación de inmigrantes, Cultura de Paz y lucha contra la violencia, y otro puñado más de responsabilidades estaban bajo el paraguas de esta jefatura. “Pecata minuta” para un don nadie ansioso de elevarse en la escala social del poder, el dinero y el éxito en la política: vomitivo.

Jamás pensó, o dio señales de pensar, que era parcialmente responsable directo de la educación de más de medio millón de niños y adolescentes.

Es inconcebible el descreimiento y la más absoluta falta de respeto que despertaba en todo el equipo de Ordenación Educativa. Las reuniones eran un poema, con ripios. Como en la mayoría de claustros escolares, los planteamientos y la reflexión pedagógicos brillaban por su ausencia, como mucho consignas, y una vez que no sé qué le picó y planteó un tema general, solo le entré yo al trapo. Todas las demás casi 20 personas en silencio total y ausente. Al salir, varios me comentaron: “Pero ¿para qué le sigues el rollo? Es todo mentira. Le da todo igual.”

Por si acaso lo releyera aquí, le recuerdo que le dije que en los centros educativos está pervertido el más elemental sentido de justicia, que el sistema premia a “los malos” y castiga a “los buenos”, lo demostré con ejemplos, y el estaba todo el tiempo embobado memorizando fracesitas.

Le hablé una y otra vez de Edgar Morin, de la “deseducación” de Chomsky, de las escuelas abiertas y las comunidades de aprendizaje, le obligué a cambiar a algún director, que no somos todos gilis, y él aprendía fracesitas.

Tan ocupado en su carrera política personal, que no tenía tiempo de trabajar.

 

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