Incorporación. Año Paz. 3

Me incorporé a la Delegación Provincial de Educación a principios de noviembre. El nombramiento lo hacía oficialmente el Delegado, pero en este caso seguía las indicaciones del Director General Sebastián Sánchez. Fui a presentarme, llevé una copia de mi currículum, y le ofrecí en esa primera entrevista la posibilidad de que yo trabajara en otras instalaciones, que no hacía falta que estuviera en la Delegación, no sé qué me inspiró en ese momento, pues yo vivía con orgullo profesional trabajar en la Delegación. A priori.
El Delegado, todo amabilidad y sonrisas, me dio la bienvenida, me dijo que no, que quería que el Gabinete de Cultura de Paz estuviera en la Delegación, y me acompañó hasta la zona del Servicio de Ordenación Educativa, al que estaba adscrito el Gabinete, donde se encontraba todo el personal pues había reunión del servicio. 
Así que estaban todos-as presentes cuando aparecimos el Delegado y yo, y aquello me pareció de pronto como estar en escena, con todas las cabezas pendientes, con algunas caras diciendo “mira, uno nuevo”, pero la mayoría con gesto de “y éste quién es”. Bueno, más bien, “y éste de quién es” porque en función de quién sea tu padrino, así son tus poderes. 
Noté que la Coordinadora Provincial de Formación de Profesorado, muy amiga del Delegado, decía cada vez que me presentaba: “No, éste viene nombrado de Sevilla”, supongo que para salvarle la cara al Delegado pues la lista para “liberarse de docencia” y adscribirse al grupito del poder en la Delegación debía estar bastante disputada. De pronto aparecía un perfecto desconocido allí. Por eso lo de “ha sido Sevilla”, “tranquilos en la cola”.
Y en esa salita de la primera reunión, de ancha como un tranvía estrecho, una ventana al fondo, con cristales negros, como todo el edificio, “el edificio negro” se le llama en Málaga, y dos puertas, pasillo de todo, iba yo a pasar el próximo mes y medio que fue el tiempo que necesitaron para conseguirme un hueco en un despacho, una mesa y una silla: un mes y medio. Mientras, cuando estaba en la Delegación, tenía esa sala de reunión si no estaba funcionando como tal, cuando lo estaba, me iba a charlar con alguien o esperaba en el pasillo. 
Lo del ordenador todavía fue peor. Necesitaron 3 meses 3, para hacer aterrizar en mi mesa un 386 del año la polca, que ya había sido desechado por dos veces de sendos usuarios anteriores, en concreto me llegaba del Coordinador Provincial del servicio de Orientación, al que un conseguidor, del que hablaré más tarde, le había proporcionado un flamante Pentium IV, y a mí me llegaba esa patata que me proporcionó muchos más horas de desesperación que de producción. “Cutre” no es la palabra. Por obra y milagro de mi adscripción a la administración educativa, aparecía de pronto en mitad de un escenario de picarezca del Siglo de Oro. Oro artístico, mierda social. A hostias para movilizar influencias, por conseguir un ordenador. Enterado de esto, que estaba siendo exactamente igual en todas las delegaciones provinciales, con todos los gabinetes, en las ocho provincias andaluzas, el Director General tuvo que enviar físicamente un ordenador a cada Gabinete para que pudiéramos trabajar. 
No me lo podía creer.
 

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