2001-2002. En breve. Año Paz 2.

Yo estaba en mi aula de español como lengua extranjera en mi Escuela Oficial de Idiomas, un poco aterrado por lo que podría pasar, recuerda El Ejido, y menos dramáticamente, en principio, me llega una chica marroquí de 14 años escolarizada en el mes de marzo. Llamo a su instituto y pregunto por la Jefa de Estudios, a quien conozco, y le pregunto: “Oye, esta niña ¿está siendo evaluada?”. “Sí”, me contesta. “¿Me cantas las notas?”,  le pregunto de nuevo. “Uno, uno, uno, … …”, me dice. “Ya” le contesto. “¿Y desde cuando está escolarizada?”. “Desde septiembre …”.
¿Cómo pueden 10 ó 15 profesores, una orientadora, una jefa de estudios, y un claustro cómplice, no darse cuenta de que esta niña no es una ignorante, sino simplemente que no se está enterando de nada, nada, porque no habla español?
Redacté una propuesta de intervención coordinando español para extranjeros e interculturalidad, conocimiento instrumental y enfoque social, y aproveché que mi amigo Juan Torres estaba en la Secretaría de Universidades de la Consejería de Educación en esas fechas, para que le diera la propuesta a quien tomara las decisiones sobre la materia. En nuestra administración sin engrase no se puede hacer ni el bien. Aquí no escucha nadie.
Muy poco después recibo un correo electrónico alabando mi propuesta y pidiéndome apoyar el Plan andaluz de educacion para inmigrantes, muy poco después llamados de Interculturalidad. Pregunto qué hacer más operativo, y me contestan que,  dada mi experiencia, formación de profesores. Quien me escribe se llama Sebastián Sánchez y es Director General de Orientación y Solidaridad educativas en la Consejería. No suele pasar, no me lo esperaba, pero pasó. Empecé con la formación en el 99. Tras haber revisado mi práctica docente, evaluado lo óptimo para la formación de inmigrantes, y seleccionado lo más apto para una profunda atención de la diversidad. 
Un año después, Sebastián Sánchez me escribe para invitarme a participar activamente en la puesta en marcha del Plan Andaluz de Educación para la Cultura de Paz y Noviolencia. Acepté encantado. El Plan quería, y lo logró en buena parte, que el problema supuestamente escolar de la violencia fuera tratado en los centros, es decir que no se le aplicara a tema tan grave la inercia normal en los institutos: barrer la mierda debajo de la alfombra, y se afrontara desde una óptica educativa y no punitiva, es decir con el horizonte en la construcción de la Cultura de Paz, y con la Noviolencia como única “arma” personal.

Los principios sobre los que se basa el Plan Andaluz de Educación para la Cultura de Paz y Noviolencia se concretan en cuatro ámbitos pedagógicos:

Aprendizaje de una ciudadanía democrática
La educación para la paz, los derechos humanos, la democracia y la tolerancia

La mejora de la convivencia escolar

La prevención de la violencia.
 

El Plan contemplaba la creación de los Gabinetes de Convivencia y Cultura de Paz en las delegaciones provinciales de educación, formados por dos miembros, profesores-as del sistema, “liberados” de docencia, para dedicarse a tiempo completo a este tema. Entrecomillo liberados porque a mí, que me gustan las clases, no me liberaron de nada. Me quitaron el aula. Un espacio que me encanta, porque aunque no sea normal, a mí lo que me gusta de verdad es el aprender, no el enseñar, posiblemente por mi propia torpeza al aprender.
Comencé, como ya había hecho con la formación comentada, analizando mis fortalezas y debilidades, conocimientos y actitudes, en Cultura de Paz y en Noviolencia, me pareció lo mínimo, pero esto ha sido lo más maravilloso de la experiencia porque, pasados los años, esta reflexión  (construcción de la paz y actitud personal de noviolencia) que ha continuado, me ha hecho aprender fertilícimamente que, efectivamente, no hay caminos para la paz, porque la Paz es el camino, como dijo el Mahatma. Y no sólo a nivel social, sino a nivel personal primariamente, porque por dificil que sea, la paz debe construirse primero en el corazón y la mente de las personas. Naturalmente. 
El primer impacto fue ya bastante significativo. Reunión de directores con algunos inspectores-as de la zona, no me acuerdo para qué, y un director de un instituto, bastante conocido pero con una relación formal mutua, me dice en un corrillo (públicamente): “Oye, me he enterao de que te has librao de los niños ¿eh? A ver cómo lo has hecho para ver si yo …”
El comentario tenía además el tono de la complicidad. Y me cabreé. Pasé así el resto del año, porque esa es la actitud por defecto, la que funciona entre colegas. En una palabra, y sin personalizar, aquí menos que nunca porque el comentario no tenía mala intención, “aquí el que no se escaquea es porque no puede” es más o menos el nivelito del compromiso predominante.
Le contesté, conteniendo vilis y seleccionando despacio el vocabulario, le contesté. Y le hablé de compromisos, y de que iba a perder unas 30.000 pesetas al mes con el cambio, pero ya saben que soy un poco raro, y algunas veces agresivo incluso, pues recuerdan en su centro, el de mis hijas, cierta ocasión en que sólo la providencia evitó que cogiera por el cuello a un profesor. Eso, el de la Paz. Pero yo no me he dejado confundir nunca y sé que nada tiene que ver la violencia con la rabia apenas contenible ante la injusticia manifiesta.
 

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