1958. El periplo hispano. La semilla de la violencia.

Mi padre era militar. Es una desgracia como otra cualquiera. Cuando se casó con mi madre, era un gurripato, soldado raso de aviación. Luego, con los años y los cursillos, fue ascendiendo y finalmente, pasados unos años, se pasó a la aviación civil. Pero mientras, estuvimos dando saltos por España. 
Con tres años nos fuimos a Palma, de la que guardo recuerdos infantiles entre las nubes de olvido. Sobre todo recuerdo un palomar y a mi hermana, con la que me llevo un año y que todavía es mi mejor amiga. Después Málaga, a continuación Madrid, luego Córdoba (8 años, toda la infancia), y vuelta a Málaga finalmente. 
Mi abuelo paterno también era militar, y según unas amarillentas hojas que conservo, parece que por encima tengo unas 11 generaciones de militares. Mis hermanos y yo rompimos la tradición militantemente. ¿Militar? Buffff. Jamás he podido convivir con disciplinas un 20 % de rigurosas que las militares sin chocar contra los límites, hasta romperlos. La verdad es que con 17 años me planteé entrar en la academia militar del aire, pero lo deseché porque, con total certeza, me habría pasado los años en el calabozo sin alcanzar el título de piloto que andaba realmente buscando. 
La educación formal recibida por mi padre se limitaba a los estudios primarios sin terminar, y los de mi madre ni a eso, lecto-escritura con dificultad, y las operaciones básicas, pero una impresionante inteligencia natural, y un amor que lo abarcaba casi todo. Menos mal para mis hermanos, cuatro, y yo. Y bendito sea el cielo porque mi padre renunciara a educarnos, lo hacía mi madre, y cada vez que intervenía el militar montaba un pollo porque la agresión era el lenguaje. 
Ya lo he olvidado y asumido, ha costado subir un 8.000, pero a mi padre se le iba la mano con enorme facilidad. Probé zapatos, correas, palos, tenedor, cuchara, mano abierta, mano cerrada. Y en cierta ocasión la barra de hierro de una sombrilla de playa con la que, si no salto y lo paro con la pierna en el aire, me manda a la tumba a la que no llegué, pero sí al hospital a la una y media de la mañana. En otra ocasión, ya mayor, con 16 ó 17 años, me entró con un cuchillo porque estaba comiendo y, cuando le daba el telele (perdía los nervios, se decía) echaba mano de lo primero que pillaba y … un cromañón. 
Esa vez me levanté, fui hacia él, le dije: “Clava si eres capaz”, y acto seguido me marché de casa. No sería justo dejar de contar que a los pocos días y de noche, me llamó mi padre que sabía que estaba en casa de una novia, me pidió que volviera por mi madre (perdón era imposible), y ahí terminaron las agresiones físicas. 
Malos tratos (paternos) y amor incondicional (materno) fueron, en esencia y visto desde el horizonte de los años, los dos elementos más perdurables de mi infancia. La lucha de toda mi vida contra la agresividad y por la noviolencia personal heredada del primer elemento, y el compromiso con la vida fruto del amor de mi madre y de su sentido de la justicia, han conformado toda mi existencia. Como no podía ser de otra manera. 
“Fernando”, me dijo no hace tanto la psicóloga con la que converso hace muchos años, “sin esos malos tratos no te concibo como el hombre que todavía lucha por la paz, la noviolencia y la unidad del mundo con más de 50 años”. Vale, pero superar el daño psicológico y afectivo de las agresiones me ha costado una lucha monumental de toda la vida contra la “semilla de la violencia” (Rojas Marcos) inyectada tan tempranamente. 
Sin duda hablaré más veces de esto. 
 

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